ALICANTE,

¿MUJER O CIUDAD?

 

      En cierta ocasión paseando por la orilla de la playa del Postiguet, me encontré con una caracola, me la acerqué unos segundos al oído para ver si escuchaba el rumor del mar, un poco después me separé de ella y mirándola como si fuera alguien que pudiese hablar, casi sin saber lo que decía pregunté: ¿Alicante, eres ciudad o mujer?

 

Como por arte de magia una voz salió de ella que me dijo: Con su permiso le voy a contar una leyenda muy antigua, que casi nadie conoce. Dicen que cuando Dios creó nuestra ciudad, la hizo con dos montes, el Benacantil y el cerro del Tosal (que más tarde se llamaría de S. Fernando) con la idea transformarla luego en una bellísima mujer. Los montes serian sus pechos, en los cuales se criaría la naturaleza libremente, y los cubriría "Tot a floretes" cono dice la canción de la Sarra de Mariola. Dudó en elegir el color de los ojos, no sabía si escoger el verde de la hierba de su propia tierra o el azul de mar que tenía, también, muy cercano, dejando esta opción para el final de su obra; ya que los dos colores eran hermosos. Lo que no dudó ni un segundo fue en rodear tal lindo rostro con una aureola blanca que se asemejaba, al unísono, a la espuma del mar y a una bella mantilla, y como toque final ponerle muy cerca de la cien un pequeño ramillete de azahar; así se lo debió de trasmitir siglos después en sueños Dios al ilustre don Tomás Varcacel para que diseñara el traje de novia alicantina.

 

Como el Creador hizo al hombre libre, con las diversas invasiones que hemos tenido desde el principio de los tiempos, Alicante no ha podido convertirse en la mujer con que se pensó; sin embargo sus pechos siguen ahí, duros y fuertes como los de una muchacha joven; a pesar de haber sido de refugio de todo aquel que lo buscaba; de ser testigo del nacimiento de diversas colonias, que con su paso nos han ido dejando sus formas de vivir, convirtiéndose en las raíces de nuestra cultura e historia. A pesar de haber sido testigos de infinidad de batallas con vencedores y vencidos, de haber tenido de sostener desde su primera invasión el peso del Castillo conocido como el de Santa Barbera, y muchos siglos después el de San Fernando

 

Calló la caracola, y yo seguí pensando sobre lo que terminaba de escuchar: Sí, ahora la empezaba a verla como tal jovencita temerosa que se asomas al Mediterráneo protegida por los cabos de Campello y de Santa Pola, y al hacerlo se reflejan en las claras aguas la majestuosa la cara del moro, medio tapada por las palmeras que se trajo de su oasis para matar la nostalgia de su tierra natal; sembrando entre ellas (sabe Dios que especie mágica) para que toda persona que nace o la visita, queda tan prendada de ella que le surja la ansía por volver. Mirando a Alicante desde el punto espiritual podríamos decir que hasta el propio Cristo quiso hacerse visible en estas tierras, haciéndose traer de manos del padre Pedro de Mena   en forma de la Faz Divina. No me cabe la menor duda esa atracción que sentimos hacia Alicante, es una atracción maternal; de mujer que le encanta tener a sus hijos (aunque sean mayores o de otros lugares) cerca de ella. De ese pecho que en la noche de San Juan, para dar paso a la "cremá de totes les fogueres del poble" estalla en una gran palmera de miles de colores trasformando nuestro cielo alicantino en una copula celestial, que al reflejarse en el mar (por unos instantes) confunde a todos los presentes sin saber, donde está el cielo y donde está el mar; al mismo tiempo las palmeras abanican la ciudad, como si quieran prepararla del calor que vas a  sufrir con dicha Cremá. Contemplando tanta hermosura, surge en mi mente de nuevo la pregunta. ¿Alicante, eres ciudad o mujer?

 

 

JOSÉ ANDRÉS CRESPO ORTOLÁ “JACO”