SER SOLIDARIO, INCLUSO

DESPUES DE MUERTO

 

En  mi artículo anterior terminaba diciendo que, se puede solidario incluso después de haber muerto; seguramente esta frase habrá dejado perplejo a más de un lector, sin embargo yo la mantengo, y a  continuación voy a clarar lo dicho. Partamos de dos bases, 1, nuestras vidas no son eternas; aunque nos  duela reconocerlo, tarde o temprano la existencia de cada uno tiene un fin. 2, La solidaridad –desde mi punto de vista- es ayudar a quien lo necesites de la forma adecuada.

         Luego si nuestros cuerpos, una vez que dejen de respirar van a parar siendo cubiertos de tierra, o en nichos y algunos de nuestros órganos pueden seguir siendo útiles a quienes los tienen delicados a causa de mil cosas (que no vamos analizar ahora) ¿Por qué los vamos a dejar podrirse bajo tierra o en húmedos muros?  A eso me refería al decir que, podemos ser solidario después de muertos; en dejar por escrito o rellenar nuestra tarjeta de donante de órganos, antes de que ocurra lo inevitable, mirar a la muerte sin miedo, aunque sé que es muy duro. Sin embargo es reconfortante sentirse útil, después de haber vivido, bien o mal; pero la hemos vivido, hayamos sido unas personas sin ningún defecto físico o con alguna discapacidad.

         Soy de la opinión de que, si Dios (según en lo que crea cada uno) ha dotado al ser humano de una tremenda inteligencia, en unas ocasiones mal  usada (con violencias, guerras, etc.)  otras bien usadas, con el sinfín de cosas buenas que se pueden hacer para toda la sociedad; incluyéndolas dentro de la solidaridad (como terminamos de decir) y en esas cosas buenas, podemos incluir la investigación científica que ha  llegado a descubrir el transplante de órganos, que está salvando muchas vidas. Obviamente para que se puedan hacer estas complicadas operaciones, necesitamos materias primas; es decir donantes de órganos, porque los investigadores de tema, aún no han logrado descubrir ningún miembro que pueda ser sustituido  por otro que no sea de tejido humano; aunque lo están estudiando. Pero, mientras estas investigaciones no sean una realidad, deben de ser los que no tengan ninguna enfermedad contagiosa como la hepatitis C (por ejemplo, como es mi caso) quienes deben  de ser (si lo desean) como una especie de banco, para  cuando llegue el momento.  Seguiremos hablando del tema en más ocasiones, porque los humanos, aunque seamos muy inteligentes, también tenemos la cabeza muy, pero muy dura, y en muchas ocasiones  nos tienen que repetir las cosas veces, para que se nos quede las cuarta parte  de ellas.

 

JOSÉ ANDRÉS CRESPO ORTOLÁ “JACO”

 

VIDAS SEMEJANTES

 

           Decíamos en uno de los artículos de junio, que un barco para el marinero es como su segundo hogar, algo similar le ocurre al camionero o transportista; los dos pasan muchas horas, días (a veces semanas) fuera de sus casas, lejos de sus hijos y esposas. Los dos surcan caminos, uno por mar y otro por carreteras y autopistas, los dos tienen prisa por llegar cuando antes a sus lugares de destino, bien para que el pescado llegue puntual a la lonja y ser subastado como  corresponde, o bien para que la fruta y verdura lleguen al mercado de bastos y sean distribuidas a los distintos puestos de venta; jugándose la vida contra viento y marea (y nunca mejor dicha esta frase) porque infinidad de veces la lluvia y la mala climatología, les hace perder tiempo y más de una vida. Los dos trabajan codo con codo con más compañeros (como muchos otros oficios) el marinero con varios, el camionero con su copiloto, para que vehículo siga su marcha; parando sólo para las cosas necesarias.  Dos vidas similares en muchas cosas como hemos visto hasta ahora; pero sin embargo lo que yo quiero destacar en esta (digamos) reflexión es que ambos llevan pintados en la proa o visera de su camión el  nombre, o nombres de los seres que más quiere en este mundo, los de su mujer y sus hijos; ésos que quizás tarde en verlos varias semanas o meses (como hemos dicho antes) en el caso de los marineros de pesca de gran altura. Y los llevan con gran orgullo, como si los tuviera a su lado como el copiloto o uno de sus compañeros de abordo, sintiendo desde lo más hondo de su ser, las suplicas que les hacen al Dios de la creencia de cada uno, para que los proteja de todo mal. Y es que simplemente son dos vidas semejantes, como tantas otras que podemos encontrar en nuestra sociedad.

       

                                             JOSÉ ANDRÉS CRESPO ORTOLÁ “JACO”